
España se encuentra en un punto de inflexión en el que su historia reciente y su proyección internacional se entrelazan en un panorama confuso y fragmentado. Desde que un gobierno de coalición encabezado por el PSOE asumiera el poder, la política española ha estado marcada por una constante y agresiva campaña de deslegitimación impulsada por la derecha y la ultraderecha. El núcleo de este ataque radica en un discurso que alimenta el temor, el odio, la xenofobia y la manipulación de la realidad, y en el cual la inmigración se erige como chivo expiatorio, desviando la atención de los problemas estructurales más profundos que desgastan a la sociedad en su conjunto.
Tanto el Partido Popular como Vox han convertido la mentira en su arma principal, instrumentalizando la llegada masiva de migrantes a España, quienes, dejando atrás su tierra de origen y arriesgando su integridad buscando alcanzar una vida digna, son utilizados fuera de contexto como excusa para arremeter contra el Gobierno central y, en particular, contra el modelo progresista que representa la izquierda. Sin embargo, más allá de la propaganda incendiaria que estos partidos difunden, los hechos refutan sus discursos sensacionalistas. Incluso si llegaran al poder, no sólo carecerían de soluciones reales para los problemas que denuncian, sino que su estrategia se basaría en perpetuar una paranoia colectiva alimentada por la desinformación y el miedo.
Lo cierto es que España, hoy en día, ha dejado de ser un actor relevante en el tablero geoestratégico mundial. En su tiempo, fue una potencia que dominó vastos territorios en todo el orbe, pero eso ocurrió hace mucho. Durante los siglos XVI y XVII, bajo el reinado de la dinastía Habsburgo, los territorios de la Monarquía Hispánica eran conocidos como “El Imperio en el que nunca se ponía el sol”, un título que reflejaba, en su momento, el control ejercido sobre amplias regiones del mundo. Sin embargo, como todos los imperios, España perdió su hegemonía no de manera repentina, sino a lo largo de años de guerras, colonialismo y crisis internas.
Tras la pérdida de Cuba y Filipinas, España fue superada por potencias como Gran Bretaña, Francia y, más tarde, Estados Unidos. El siglo XX marcó el fin de la era dorada española, dejando a un pueblo marcado por el franquismo y sus terribles secuelas. Desde la dictadura del golpista Francisco Franco hasta la “transición” a la democracia, el país ha vivido bajo una influencia internacional que dista mucho de la de antaño.
Hoy, España no goza de reconocimiento ni influencia, y sólo dispone de una cuota mínima de participación que le permite tener una capacidad simbólica a nivel regional en Europa. La dinámica de intereses está definida por Estados Unidos, China, Rusia, la Unión Europea como bloque, y economías emergentes como India, Brasil y Sudáfrica, que ganan cada vez más protagonismo en la agenda global.
En este escenario, Estados Unidos ha redirigido su atención hacia otros socios estratégicos, como Marruecos. La relación entre el régimen monárquico de Mohamed VI y la Casa Blanca se ha fortalecido significativamente, consolidándose como un aliado preferente en la región del Magreb y África Occidental. En consecuencia, la normativa migratoria y los flujos poblacionales que afectan a España quedan condicionados por esta interacción, relegando al Gobierno español a un papel de convidado de piedra.
Las autoridades marroquíes, con el visto bueno del presidente yanqui de turno, facilitan desde hace años la llegada a las costas de España de miles de hombres, mujeres y niños procedentes de territorios subsaharianos, así como de Argelia y Túnez. La mayoría quedan atrapados en su tránsito hacia un futuro esperanzador, sin posibilidad de avanzar, mientras otros pierden la vida en el mar, todo ello bajo la indiferencia de quienes manejan el rumbo del mundo.
Esta situación se agrava si sumamos el conflicto no resuelto desde 1976 en el Sáhara Occidental, una zona rica en recursos naturales que sigue bajo la ocupación de Marruecos, lo que constituye una flagrante violación del Derecho Internacional. Los acuerdos entre entre Washington y Rabat, que incluyen el reconocimiento de la soberanía alauita sobre lo que fuera una antigua colonia española, ilustran cómo este tipo de tratos impactan directamente sobre España, atrapada entre dos frentes: uno por su relación histórica con la actual República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y otro por la presión migratoria. Y todo esto ocurre bajo el silencio cómplice del Partido Popular y Vox, que, siendo conscientes de ello, prefieren retorcer la verdad para movilizar a sus bases alienadas, generando una falsa narrativa que presenta a España como víctima de una invasión y culpando al Gobierno de izquierdas de todos los males.
Lo más peligroso es que la derecha y la ultraderecha no sólo alteran la realidad, sino que distorsionan la historia de forma irresponsable para justificar sus posiciones. Para ello, recurren sistemáticamente a la memoria convenida del execrable generalísimo, cuya tiranía sigue siendo inexplicablemente una referencia para muchos votantes. Vox, en particular, se ha apropiado de la figura del caudillo como símbolo de un pasado mítico, en el que España se concebía como una, grande y libre. Sin embargo, esta visión está completamente alejada de la realidad histórica. Franco fue un dictador de relevancia marginal en el ámbito internacional, despreciado por las grandes potencias de la época. Incluso, irónicamente, Hitler lo veía como un mero peón útil en su afán por consolidar el Tercer Reich.
La exaltación de un acontecer histórico descontextualizado y revisionista, que pretende desvirtuar el legado democrático y de reconciliación logrado tras décadas de opresión sistemática, y que costó sangre, sacrificio y consenso social, es uno de los puntos más alarmantes de la propuesta divisiva y anacrónica de la derecha y ultraderecha española.
El Partido Popular y Vox no sólo son incapaces de fijar su mirada en el presente, sino que se recrean una y otra vez en las fracturas del pasado más rancio, glorificando la Conquista como un acto de dignificación, mientras ignoran las sombras de subyugación de pueblos enteros, la guerra de religión y la violencia en general, apoyándose en nombres como Hernán Cortés o el monarca absolutista Felipe II, quien sumió a España en conflictos interminables. Esta percepción imperialista y autoritaria no tiene cabida en un país que debe afrontar los desafíos de la modernidad. Personajes como el torero Pepe Marta, el sacerdote Francisco Piquer, el almirante Álvaro de Bazán o el controvertido jurista Rafael Casanova son elevados arbitrariamente a la categoría de paradigmas de virtudes.
La derecha y la ultraderecha reducen su acción política a un acoso constante al gobierno, obviando, en medio de una convulsión sistémica, la construcción de una colectividad justa, intercultural y democrática. Su falta de una visión de Estado está llevando a España por un camino de autodestrucción, sumiéndola en un círculo vicioso de falsedades, hostilidad y desánimo.
Su discurso xenófobo, que señala a los inmigrantes como usurpadores de los recursos destinados a los “auténticos españoles”, no sólo es infundado, sino que queda refutado por los datos y estudios sobre migración en Europa, que evidencian la falta total de una base objetiva en tales afirmaciones. De hecho, los tremendos desajustes en la economía son consecuencia de políticas neoliberales que han favorecido continuamente a las grandes fortunas y a la desregulación del mercado laboral. Este sometimiento a las directrices del capital por parte de una derecha y ultraderecha cobarde, que, siendo conocedora de lo que ocurre, opta por intensificar la fractura social, demuestra cómo los defensores del statu quo están dispuestos a pasar por alto los principios básicos de la justicia internacional con tal de llegar al poder.
El reto fundamental para la sociedad española no es sólo minimizar la ideología tóxica y dañina del Partido Popular y Vox, sino también defender un Estado inclusivo y plural, en el que el diálogo y el reconocimiento de la diversidad sean esenciales. Por ello, el futuro de España depende de cómo se configuren las respuestas de la ciudadanía a estas tensiones. Y sólo a través de una conciliación que ponga en valor la coexistencia, el entendimiento y la cohesión, se podrá progresar, acabando con los fantasmas del pasado para que no dominen ni el presente ni el futuro.
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