domingo, 19 de septiembre de 2021

Una historia de reyes y generalísimos.

“En boca cerrada no entran moscas”. En la imagen, el rey Felipe VI el Día de la Fiesta Nacional. Fotografía: Kiko Huesca.

En un país como el nuestro, en el que la memoria histórica ha sido vapuleada y denostada hasta la saciedad, no sorprende que haya una gran parte de la población que desconozca cuál ha sido el papel que han venido interpretando los borbones durante las últimas décadas.

Cuando el 14 de abril de 1931, Alfonso XIII, el bisabuelo del actual ocupante del trono, fue expulsado de España —no por rey sino por ladrón—, se abrió una puerta a la modernidad y la justicia social. Una puerta que no tardó en cerrar el fascismo patrio, golpe de estado mediante. Si en ese momento no volvió la monarquía, no fue porque no lo desearan sino porque el dictador no quería coronas dando sombra a su cortijo.

Fue el ego del tirano criminal, que no soportaba que alguien de su misma ralea le sucediera en el caudillato, el que retornó a los borbones a España. Desde entonces, desde aquel día de otoño de 1950 en el que Juanito “El campechano” abandonó el exilio para refugiarse en los brazos de su generalísimo, los sables y la corona han ido siempre de la mano. En silencio, sí, pero de la mano. Juan Carlos de Borbón fue amamantado por las ubres del franquismo, se nutrió de su vileza y se educó en sus “valores”.

A la muerte del tirano, nos impusieron al Borbón, mostrándonoslo como garante de la democracia. El ruido de sables hizo que nadie cuestionara que el heredero de un dictador, el cabeza visible de la monarquía, la institución más antidemocrática que pueda existir, se nos presentara como sinónimo de libertad, pluralidad y tolerancia. El silencio continuaba.

Pocos años después, el 23 de febrero de 1981, fuerzas armadas y monarquía, con el objetivo de blanquear su imagen, interpretaron un papelón que convirtió a los primeros en demócratas y al Borbón en héroe del pueblo. Los actores secundarios, imprescindibles para el éxito de la obra, purgaron sus culpas a base de langosta.

Después, más silencio. Un silencio que acompañó a Don Juan Carlos durante los cuarenta años siguientes. Años de vino, rosas, negocios, cacerías y amantes.

Con la jubilación del “Campechano” y la llegada al trono del “Preparado”, éste, digno heredero de su padre, continuó con su estrategia silenciosa. Un silencio que sólo rompió el 3 de octubre de 2017, dos días después del referéndum catalán, para alertarnos del peligro que suponían unas urnas para la convivencia democrática.

Ahora, cuando sus compañeros de batallas, sus subalternos, amenazan con fusilar a 26 millones de “hijos de puta”, Felipe VI, el mando supremo de las Fuerzas Armadas, no abre la boca, no condena. Que los suyos quieran asesinarnos, da estabilidad a la corona y fortalece la democracia. Claro que sí, guapi.

El silencio es el problema, el silencio de los medios y del vasallaje, que sólo se rompe para perseguir a quienes osamos levantar la voz contra esta mafia. Mientras exista la monarquía y los fascistas criminales que la protegen, nunca tendremos ni libertad ni democracia.

Texto: Pablo Álvarez Fernández.

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