miércoles, 30 de septiembre de 2020

Transporte público: la ilusión viaja en tranvía.

Autobús Mercedes-Benz Citaro de la red de transporte urbano de Luxemburgo. Fotografía de archivo.

No me gusta conducir. Ni me gusta el coche. Pero, sobre todo, no me gusta contaminar. Por otro lado, me encanta, y es lo único que uso, el transporte público. Sea en bus, tren, avión o, si se tercia, en barco, me gusta mezclarme con la gente. Conocer personas. Observar e imaginar sin prejuicios, sus azarosas, o rutinarias, vidas. Hacer nuevas y cordiales, aunque fugaces, relaciones.

Por eso, uno de mis anhelos es que el transporte público sea mucho más popular, más digno, más eficaz, en suma. Luego, menos cochambroso, menos mugriento, menos ralentizado, y menos infrecuente su servicio; como desgraciadamente es el que tenemos en Asturias, la región más incomunicada del país, y casi diría del universo y que, inmerecida, e injustamente, detenta el monopolio Alsa: la empresa de origen asturiano, con una flota de 3.132 autobuses, acapara tanto territorio que se ve desbordada en épocas de mucha afluencia.

En cuanto a su gratuidad, se me antoja una utopía en esta tierra donde hasta el más imbécil, adocenado, o torpe llega a presidente.

Otra historia es la de países como Luxemburgo, que a mediados de 2019 se convertirá en el primero del mundo en ofrecer transporte público gratuito.

Texto: Miguel Aramburu.

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