miércoles, 23 de septiembre de 2020

Una breve reflexión sobre la creatividad.

Mural de Keith Haring en El Raval, Barcelona. Fotografía: Alberto G. Rovi.

¿Cuál sería para ti el valor de las Bellas Artes? A mí, me gusta imaginar que su trascendencia es proporcional al peso del alma; aquellos 21 gramos que a principios del siglo XX cuantificara el doctor Duncan MacDougall.

Algo sutil pero excepcional. La creatividad ha de presentarse más como virtud cualitativa que cuantitativa. Una energía que precisa de un flujo constante y es imprescindible en la vida del ser humano. La cultura como alimento del espíritu. Lo contrario supondría la privación del intercambio de conocimiento en pro de una élite cortesana; círculos de la banalidad donde la vanguardia de lo vacuo procura restañar sus miserias y frustraciones.

Dentro de un proceso evolutivo, el individuo construye contextos en los que proyectar su yo para así poder establecer relaciones interpersonales que terminen redundando en su propio crecimiento como ser cognitivo. El arte y la cultura constituyen un patrimonio que debería estar —por derecho— al alcance de todos. Pero la creatividad es en general un bien de acceso restringido, custodiado en la asepsia de los centros o museos-mausoleo.

Los verdaderos espacios del conocimiento son los entornos de lo cotidiano, allí donde transcurre la vida. No hay experiencia más gratificante que callejear bajo el influjo sensorial del devenir. Pasear por aquellos lugares donde el saber flota en el ambiente y cada paso es progreso, desarrollo, crecimiento, prosperidad…

Texto: Patricia Peláez.

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